TDAH, o trastorno por déficit de atención e hiperactividad, es un trastorno que está en boca de muchos por su controversia entre moda o realidad.

Está definido en el DSM-V como “patrón persistente de inatención y/o hiperactividad-impulsividad que interfiere con el funcionamiento o desarrollo […]” con varios síntomas definidos en cada uno de ellos.

Hay que tener en cuenta que no es solo un trastorno que se diagnostique en menores, también se puede identificar en adolescentes y en adultos.

Los síntomas que deben llamarnos la atención son los que se reflejan en las iniciales:

DÉFICIT DE ATENCIÓN: No prestar atención a los detalles, suele perder objetos con facilidad, no termina las cosas que empieza independientemente de si son interesantes o no, desorden y cambio de conversación frecuente…

HIPERACTIVIDAD: Habla y se mueve en exceso y durante gran parte del día, con una gran dificultad para relajarse, movimientos e interrupciones constantes y en distintas situaciones no relacionadas con las novedosas en las que sería una llamada de atención puntual.

IMPULSIVIDAD: Es importante tener este componente en cuenta, ya que se manifiesta con interrupciones constantes, dificultades para respetar el turno y querer hacerlo todo ya.

Esta es la parte académica, pero ¿siempre que identifiquemos impulsividad, falta de atención o persona muy activa vamos a diagnosticarla y a tratarla como TDAH? Ni mucho menos.

En primer lugar, no debemos alarmarnos, ya que hay algunos criterios más para analizar y evaluar. En general, sobre todo los niños, muestran este tipo de conductas, es decir, suelen estar activos, van de una tarea a otra si prestar mucha atención a lo que hacen, les mueven los impulsos sobre todo ante situaciones novedosas o impactantes para ellos pero…

En segundo lugar, ante la duda debemos consultar a un especialista y esa duda debe asaltarnos si identificamos uno o varios de los siguientes comportamientos:

  • Todos los componentes de impulsividad, falta de atención y exceso de actividad se dan en casi todas las situaciones de su día a día.
  • Las reacciones que tiene son totalmente desproporcionadas en relación con su entorno.
  • Imposibilita su correcto desarrollo social, familiar o educativo.
  • No está relacionado con otro tipo de problema médico o psiquiátrico.
  • No se ha dado de manera puntual tras algún cambio significativo en su entorno.

Es clave acudir a un profesional que aborde el problema de manera integral y asegurarnos de que realiza una evaluación minuciosa antes de realizar un diagnóstico.

Hablando de mi experiencia, un tratamiento combinando psicología y farmacología suele garantizar el éxito, con un gran apoyo a la educación paterna en modelado y actuación.

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Feliz día!

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